
Hace unos días me encontré respondiendo un correo sobre una query que ya había respondido hacía nueve meses.
Nueve meses.
Lo curioso es que la respuesta no había cambiado. El dato era correcto hace nueve meses y seguía siendo correcto hoy. Lo único que había cambiado era la persona que heredó el estudio, la cadena de correos y el número de personas involucradas en la conversación.
Mientras escribía la misma explicación por segunda vez, o tercera vez me pregunté: ¿somos realmente conscientes del valor que tiene el tiempo de todos los profesionales que participamos en un ensayo clínico?
Porque parece que hablamos mucho de la calidad de los datos, del cumplimiento del protocolo, de la monitorización basada en el riesgo, de los indicadores y de las métricas. Pero pocas veces hablamos del tiempo.
Del tiempo del coordinador.
Del tiempo del CRA.
Del tiempo del monitor in-house.
Del tiempo de los equipos de soporte.
Del tiempo del paciente.
Y sin embargo, es probablemente uno de los recursos más limitados y más valiosos que tenemos.
Los ensayos clínicos son cada vez más complejos. Los protocolos crecen en tamaño y complejidad. Aumentan los procedimientos, las verificaciones, los sistemas electrónicos, las plataformas, los accesos, las reconciliaciones y los controles de calidad.
A la vez, aparecen cada vez más figuras implicadas en el seguimiento del estudio.
Y, en ocasiones, la sensación desde el centro es que la información va pasando de mano en mano como en el clásico juego del teléfono escacharrado. Y tú como coordinador estás en medio demostrando cuánto tiempo puedes sobrevivir respondiendo la misma query sin perder la cordura.
Al final alguien detecta algo que le llama la atención, envía un correo, otra persona lo reenvía, una tercera lo revisa y la consulta acaba llegando al coordinador, que vuelve a comprobar una información introducida hace meses para terminar concluyendo que todo estaba correcto desde el principio.
No siempre se trata de errores.
Muchas veces se trata simplemente de falta de contexto, de rotación de personal o de procesos que se han vuelto tan complejos que generan más verificaciones de las necesarias.
Hay momentos especialmente entrañables.
Por ejemplo, cuando recibes un correo diciendo:
«Por favor, revise estas queries pendientes.»
Y tú te quedas mirando la pantalla.
Porque acabas de dedicar media mañana a contestarlas.
Pero como los años en investigación clínica te han enseñado a desconfiar incluso de tus propios recuerdos, entras en el eCRF.
Las revisas una a una.
Compruebas que están cerradas.
Vuelves a leer el correo.
Vuelves a comprobar el eCRF.
Y finalmente descubres que el listado fue generado hace un par de días y te lo han reenviado tal cual, sin pensar que ya estaría hecho el trabajo.
Has empleado veinte minutos para confirmar que efectivamente hiciste el trabajo que ya sabías que habías hecho.
Productividad en estado puro.
El sistema simplemente va por detrás de la realidad.
Pero el resultado es el mismo: más tiempo invertido en verificar algo que ya habías verificado.
Y aquí es donde creo que merece la pena detenerse.
Porque a veces hablamos del tiempo como si fuera un recurso infinito. Como si revisar una vez más un dato, reenviar un correo o pedir una comprobación adicional no tuviera coste.
Pero sí lo tiene.
Cada correo innecesario consume minutos.
Cada revisión duplicada consume minutos.
Cada consulta lanzada sin una verificación previa consume minutos.
Y esos minutos se acumulan.
Son minutos que el coordinador no dedica a atender a los pacientes.
Son minutos que el CRA no dedica a preparar adecuadamente la siguiente visita.
Son minutos que el equipo de soporte no dedica a resolver problemas reales.
La calidad es fundamental. Nadie discute eso.
La verificación también.
Pero quizá hemos llegado a un punto en el que deberíamos recordar que el tiempo también forma parte de la calidad.
Una buena gestión del estudio no consiste únicamente en detectar problemas. También consiste en evitar trabajo innecesario.
En priorizar aquello que realmente impacta en los datos, en la seguridad del paciente o en el cumplimiento del protocolo.
Porque el tiempo es oro.
El del coordinador.
El del CRA.
El del monitor in-house.
El de todos.
Y tal vez una de las mejores maneras de mejorar la eficiencia de un ensayo clínico sea recordar que detrás de cada correo que enviamos hay una persona que tendrá que invertir tiempo en leerlo, entenderlo, verificarlo y responderlo.
El tiempo es, probablemente, el recurso más caro de un ensayo clínico.
Y además tiene una característica maravillosa:
Una vez gastado, ni el sponsor, ni el CRA, ni la CRO, ni el eCRF pueden reconciliarlo.